También ellas se esconden. Con ansias, pena, hambre y miedo de caricias excepcionales. No de aquellas de incierta textura que pululan a través de pasillos sudorosos.
También ellas ríen, comentando las miserias de aquel o este. Del que paso de largo desconociendo, pero que ayer era casi parte de la familia. Repasan historias grabadas en su piel. Algunas hojas en blanco, otras cubiertas de miel, pero ninguna escurriendo amor verdadero.
También ellas ríen, abrazando a la ironía de esta vida. De burlonas caderas que contoneándose de esquina en esquina termina improvisada en cualquier cama.
También ellas lloran, cada lágrima tatuada con un signo de pesos. Algunas lágrimas son gratis, otras varían de precio dependiendo de la postura en la cual sean derramadas. Todas fluctuando a los vaivenes de la bolsa de placeres, de sus valores agregados. Todas con un precio.
También ellas lloran, observando al fondo de la calle. Fantaseando en una vida sin jardines. Tan solo flores retozando al viento, desbordando polen al estremecer sus pétalos y tallos.
También ellas viven, para morir como madres. Son hermanas, tías, abuelas, primas, amigas, suegras, nueras y un sinfín más de etiquetas de índole socio familiar. Viven para recorrer el camino de la dualidad escénica, que representan fielmente en sus personajes. Aquellos que nombramos mujeres valientes, tristes. Mujeres de cartón.
También ellas mueren, para vivir en cada gota de sudor y en cada éxtasis esporádico. Muerte violentamente silenciosa, interior. Esa que se ríe al saludar a su compañera la muerte chiquita, siempre ausente en sus habitaciones personales.
También ellas…
También nosotros…
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